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Era mi patria……

Por: Oscar Pla.

Parte: 1

 

Todo comenzó un 12 de diciembre de 1945, en un central azucarero de la provincia de Matanza, en Cuba… No les di tiempo a mis padres de llegar a ningún hospital, mi hermana, un año mayor que yo, si dio tiempo, pero mi madre tuvo que alumbrarme encima de la mesa del comedor asistida por una partera.

 

Fui un muchacho noble, obediente, estudioso, con unas familias que se componía de un padre con carácter, una madre dulce y una hermana que hacía de mí lo que quisiera y muchos tíos y muchos primos.

 

Tuve la suerte de ser educado por hermanas misionera canadienses en el pequeño ingenio donde nací, y a los 11 años ya estaba cursando estudios de bachillerato en el pueblo “grande” de Colón. En el año de 1958 mi familia viajó a Estados Unidos por cuatro meses y regresamos en febrero de 1959. Entonces continué mis estudios de bachillerato, ya en una escuela laica en la ciudad de La Habana. Ya las escuelas privadas estaban siendo cerradas por el gobierno.

 

La primera que reaccionó fue nuestra madre; miraba uno de aquellos juicios “revolucionarios” donde se acusaba, no se reconocía a quien se acusaba y se fusilaba al acusado. Todo un espectáculo donde a veces el acusador no podía reconocer a la persona a quien acusaba… Se echó a llorar delante del televisor y dijo: “Parece mentira esto sea Cuba”

 

En realidad, yo con mis trece años de edad, defendía los que estaba sucediendo y discutía con mi padre, que solo, me decía: “deja que te toquen a los curas” en referencia a que el gobierno afectaría la religión.  Él tenía un amigo húngaro que lo alertó de lo que estaba sucediendo, tal como en su país por 1947.

 

En octubre de 1959, las predicciones de mi padre se dieron. La Iglesia Católica convocó a una procesión millonaria en los jardines de la cerveza Tropical, en Marianao, ciudad contigua a La Habana, con el “motivo” de haber traído la imagen de la Virgen de la Caridad desde el santuario del Cobre, en el otro extremo de la Isla y de donde casi nunca salía, para demostrarle al gobierno de que la Iglesia también reunía más de un millón de personas y no solo ellos.

 

El “personaje” no fue inicialmente, y solo al final del acto hizo acto de presencia cuando conoció de la gran cantidad de personas congregadas allí.  Yo tenía aún 13 años y las conversaciones dentro de aquella multitudinaria reunión, me abrió los oídos y los ojos… comencé a combatir al gobierno con propaganda en colaboración con los alumnos de La Salle del Vedado. Ya en enero de 1960, recitaba los discursos de Fidel de que “nunca restablecería relaciones con ningún gobierno dictatorial, y mucho menos con la Unión Soviética, que ahogó en sangre al pueblo húngaro” y me gritaban: “gusano”

 

En ese mismo año de 1960, mi padre nos anunció de que se iba para la montañas del Escambray a combatir al gobierno, ya las señales estaban claras, íbamos hacia una férrea dictadura de izquierda, le dije que yo me iba con él, me dijo que no, que me quedara en casa. En ese momento supo que desde el año anterior ya yo estaba combatiendo al régimen.

 

Haciendo los contactos para ir hacia la Sierra, se le dijo que necesitaban una familia que pudiera servir en una casa de seguridad para aquellos que ya estaban perseguidos por el gobierno, protegerlos, hasta que pudieran ser sacados del país.  Mi padre nos reunió a los 3, madre, hermana y yo con la proposición y aceptamos. Para nuestra familia quedamos como que mis padres ibas a ser sirvientes en una casa de adinerados extranjeros que no quería que nos visitaran y así nadie iría a esa casa. Pudimos sacar del país a varios individuos e incluso familias hacia el extranjero.

 

La casa sirvió también para preparar avituallamiento para los combatientes de la Sierra y para los de la ciudad. Cuando la traicionada invasión de Bahia de Cochinos, estuvimos acuartelados combatientes para lanzarnos a la calle y el gobierno no pudiera enviar a contrarrestar la invasión con todas sus fuerzas, se nos dijo no saliéramos hasta recibir aviso para que todo fuera al unísono, aviso que nunca llegó. La invasión no recibió apoyo ni de afuera ni de adentro, aproximadamente, 250,00 cubanos de una población entonces de 6 millones, fueron arrestados masivamente en estadios, cárceles, granjas de pollos, etcétera.  En ese momento no nos dimos cuenta, pero fue el comienzo del fin.

 

Muchas habíamos luchado contra el gobierno de Batista y nos imaginamos que aquello sería lo mismo, no nos dimos cuenta que NO luchábamos contra un gobierno, sino contra un sistema, apoyado por media Europa del Este, con todas sus técnicas, sin escrúpulos y poder. Sin tener la ayuda de occidente con un líder sin mucha experiencia, con muchos deseos de establecer una imagen pura de los Estados Unidos, sin intervencionismo a pesar de los horrores que se cometieron en un país cercano a ellos.

 

Muchos cubanos que luchaban, ya sin esperanzas, salieron del país. Seis meses después de la fracasada invasión, después de una serie de arrestos y de que alguien nos dijo que escapamos, pero queriendo seguir la lucha contra aquella infamia, fuimos apresados mis padres, yo y dos mujeres que estaban escondidas en casa

 

Por supuesto, nos separaron, a las 4AM estaba en una celda del G-2 de 5ta y 14 en Miramar, una barriada de Marianao. A las 7 u 8 de la mañana me sacaron a interrogar. Querían saber quién, cómo,  dónde…

Nada sacaron, me llevaron a la celda del medio de un grupo de tres, eran planchas de hierro en la puerta, con poca ventilación, unas pequeñas rendijas por el costado de las planchas. Una bombilla en el centro de la celda, no más alta de 3 pies de altura protegida con malla de metal de alto voltaje que daba mucho calor y un sonido de un piano solfeando: do, re mi fa sol, la, si, do, si, la sol, fa, mi, re, do, una y otra vez, por todo el tiempo.

 

Cuando el guardia me dejó y pasó un momento, el prisionero de la celda a la izquierda de la mía, supe se llamaba Héctor Duarte (escapó, llegando a ser escolta de Rómulo Betancourt y después asesinado en las calles de Miami), me preguntó qué edad yo tenía, 15, le respondí y me dijo algo que sirvió de mucho: “No hables, de van a llevar al extremo, pero no vas a morir”.  En la otra celda se encontraba, Alfredo Izaguirre, hijo de la dueña de un periódico conocido, creo que El Mundo. Varios interrogatorios de día y noche se sucedieron, vestido, a veces desnudo, en cuartos EXTREMADAMENTE fríos y con oficiales que se turnaban.  19 días después, a principios de noviembre, nos reunieron a unos 100 hombres en 2 habitaciones como de 3m. X 3m. Para ser movidos a otra prisión, pues al parecer ya no se cabía allí. Años después supe que una de las cosa que le habían hecho a mi madre fue que la sacaron afuera, al patio, donde vio a nuestra perra Rebeca, una doberman-pincher que pertenecía a otra familia y habíamos acogido cuando la familia salió del país.  Le dijeron: “Mira esto es lo que le vamos a hacer a tu hijo”, y le dispararon en la cabeza a la perra

 

Imaginé que allí vería a mi padre y comencé a buscarlo sin resultado alguno, Alguien vino a mí y me dijo, ven conmigo, aquí hay alguien que está buscando a su hijo. Me llevo a aquel hombre que inicialmente no reconocimos ni el uno ni el otro. ¡Tanto habíamos cambiado en 19 días!

 

Fuimos movidos al “Castillo del Príncipe” una vieja prisión para presos comunes en el medio de La Habana. Entre toda aquella gente, yo solo conocía a mi padre. Los interrogatorios continuaron. Pero en la misma área se encontraba el hospital de la prisión, donde había muchos de los invasores de Bahía de Cochinos, enfermos. Yo simulé estar enfermo y me llevaron allí para ser tratado. El médico era prisionero también y pidió me llevaran diariamente para tratar de evitar una epidemia, aquello me servía para sacar mensajes para afuera, pues los invasores ya tenían visitas de familiares y nosotros estábamos totalmente incomunicados. Allí estuvimos hasta el 4 de diciembre de 1961 en que fuimos trasladados a La prisión de La Cabaña.

 

Parte 2 cont. en Febrero

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