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Por: Oscar Pla

 

No recuerdo exactamente cuándo fue la segunda vista de nuestro juicio suspendido, pero fue meses después de aquella primera vista en febrero de 1962. La peticiones de pena de muerte a varios de los nuestros fue rebajada a la solicitud de 30 años de prisión. Mi madre, como ya les relate, había sido golpeada y estuvo 2 años hospitalizada y no pudo asistir a esa segunda vista.

 

Pedí ir a verla en repetidas ocasiones y finalmente un dia se me concedió… Me llevaron a verla en un camión-jaula con 4 escoltas. Mami, como la llame siempre, estaba en el área penal del Hospital para enfermos de los pulmones, “Lebredo” antiguo “Sanatorio La Esperanza”, por si hay algún cubano viejo que lea este relato.  Llegando a la sala enrejada del hospital con los 4 guardias, llamaron a mi madre, que ya sabía que yo iría y yo buscaba en aquella sala a alguien que se pareciera a ella, pero me sucedio lo mismo que relaté cuando me reencontré con mi padre, en el primer capítulo de estos 4, no lograba conocerla.

 

Hasta que de pronto vi a una señora delgada, mi madre había sido gordita siempre, que venía corriendo hacia mi, era ELLA.  Aún ahora se me nublan los ojos. Estuvimos conversando por cerca de 30 minutos. Allí me contó, con cuando aún estábamos en el G-2, servicio de inteligencia cubana, la historia que les relate sobre la muerte de nuestra perra, “Rebeca” diciéndole: esto le vamos a hacer a tu hijo, disparando en la cabeza de Rebeca.  Contó también, cómo la habían golpeado no a ella solamente, pero a otras más, pero ella saliendo la más perjudicada y por eso estaba en el hospital.

 

El tiempo pasaba más rápido que comparado con el primer año.  Entre requisas cada vez que se les ocurría a ellos, usualmente después de las visita, para revisar si algo habia, nuestra familia, logrado pasarnos, o simplemente destruyendo lo poco que nos dejaban tener y las diarias golpizas a la hora de los conteos.

 

En enero de 1963, mi padre y otros muchos más, ya condenados, fueron trasladados para la Prisión de Isla de Pinos,  Por esos días yo estaba castigado con otro compañero por no querer limpiar el patio de La Cabaña. Considerábamos que eso era trabajo para presos comunes.  No pude darle un beso a mi padre por la reja, al menos. No lo vería hasta varios años después, cuando regresaron a los mayores en edad, para comenzar el CRIMINAL, plan de trabajo forzado “CAMILO CIENFUEGOS”.  Ocho prisioneros murieron durante ese “PLAN”.

 

Me quedé finalmente separado de madre y ahora de mi padre, ya tenía 17 años. Ahora estaba con mis nuevos “padres”, “hermanos”, “abuelos”, ellos eran mi familia. La vida me había hecho madurar rápidamente, sentía mentalmente que yo ya era mayor de 30.

 

Comencé a enseñar a otros que sabían menos que yo, usualmente campesinos, leer, escribir, matemáticas, inglés… Yo me dediqué a aprender francés con un gran hombre que fue embajador de Cuba en Francia y Bélgica por 20 años,  quien era miembro extranjero de la Academias de la Lengua Francesa. Y pronto se nos unió un estudiante de filosofía de la universidad de Port-au-Prince, estudiante, hijo de un médico haitiano quien salió huyendo de su país y se refugió en “La Maravilla del Caribe” y a los 6 meses lo juzgaron y metieron en La Cabaña y quien constantemente repetía que Duvalier y Castro eran HERMANOS!!!

 

A mi padre y a otros ya mayores de edad, que parece no servirian para los trabajos forzados planeados, los regresaron a mediados y de 1965 a varias prisiones de Cuba. Casi siempre nos mantuvieron, a mi padre y a mi, en galeras diferentes. Yo iba a la reja de su galera durante el tiempo que nos daban en el patio, o él venía a la mía, cuando se lo daban a ellos.  Amigos, hermanos… tenía muchos. Enemigos fuera de las galeras, vestidos de verde olivo.

 

Una carta abierta al mes para mi madre, visitas de mi hermana, al principio de mi tía, hasta salir del país y de mi novia, hoy esposa. Siempre tras 2 cercas. Cartas clandestinas, cada vez que podíamos, con familiares de otros presos y usando sus familiares y a veces… con muchachos del Servicio Militar, que habían cambiado su modo de pensar sobre nosotros.  Algunos de ellos hasta fueron hechos prisioneros, por ayudarnos.

 

Iba cumpliendo años, 18, 19, 20… el dia que cumpli 21 años, al llamarme para salir en libertad, estaba sentado en el tope una cama de 5 pisos, estudiando francés.  Sabia que debia irme ese día, pero … sensacion extraña, no estaba seguro de querer irme y dejar allí a todos aquello que por más de 5 años habían estado a mi lado en alegrías y penas, 24 horas al dia.

 

Todos se pararon delante de las torres de camas, haciendo más estrecho el pasillo, para abrazarme, desearme lo mejor, un amigo, ya fallecido, me entregó la cuchilla de afeitar de 2 hojas con la que me había afeitado en mayo de 1962 por primera vez en mi vida.  (Mis ojos se están aguando ahora al escribir).

 

Era de noche cuando llegué al apartamento donde vivía mi hermana, casada,  con sus dos hijas. Yo pesaba un poco más de 100 libras. Las calles me parecieron desoladas, (más de 300 seres humanos en espacio reducido) calles vacías y ahora 5 personas en un apartamento… y un silencio para mi sepulcral.

 

Al dia siguiente, mi hermana me dio algún dinero y fui a ver a mi novia en un pueblo aledaño a La Habana, vestido con ropa de mi cuñado, de mucho más peso que yo. El pantalón era como talla 34 o 36, mientras yo seria 26 o 28… y la camisa, por el estilo.

 

Mi novia me recibió con alegría, pero una cosa era verme, tras 2 cercas, con el mismo uniforme amarillo que todos teníamos, más o menos de mi talla, que verme descomido, frente a ella. La impresión fue fatal, me dijo que le diera tiempo para pensarlo.  Historia corta: regrese a casa de mi hermana, le pedi algo más de dinero y no paré hasta llegar al lugar donde había nacido a ver a mi abuela paterna, en la provincia de Matanzas. Seguiremos, más adelante...

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